A Fray Diablo
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Viejo 21/ene/00, 00:12
ramona_petxugona
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Predeterminado A Fray Diablo

Este es el capítulo X del libro de Guénon. "El Reino de la Cantidad y Los signos de los tiempos". Como en el anterior mensaje sobre las C Sagradas y C Profanas es posible que algunas cosas suene pasadas de moda [ejemplo la palabra eter que apareció en el anterior], pues el libro es de principios de siglo cuando el paradigma positivista dominaba y era el más conocido. Sin embargo la crítica sigue siendo válida.
LAS ESTADÍSTICAS ILUSORIAS
Volvamos ahora a la consideración del punto de vista más estrictamente «científico» en el sentido que le dan los modernos; este punto de vista se caracteriza ante todo por la reiterada pretensión de reducirlo todo a la cantidad, prescindiendo por añadi-dura de todo cuanto no se presta a este tratamiento y considerán-dolo como algo inexistente; se ha llegado incluso a pensar y a decir corrientemente que todo lo que no puede ser «cifrado», es decir, expresado en términos puramente cuantitativos, carece por ello mismo de todo valor «científico»; cabe añadir que tal preten-sión no sólo se aplica a la «física» en su sentido más vulgar, sino a toda la pléyade de ciencias «oficiales» que existen en la actualidad extendiéndose incluso, como ya hemos visto, hasta el ámbito psico-lógico. En cuanto antecede hemos explicado que este afán implica un auténtico desprecio por todo lo que es verdaderamente esen-cial, en la acepción estricta de la palabra, y que el «residuo» que queda en manos de una ciencia de tales características es, en reali-dad, completamente incapaz de explicar nada; no obstante, aún hemos de insistir un poco sobre un aspecto muy característico de esta ciencia que demuestra de forma particularmente clara lo des-mesurado de su ilusión, por lo que es posible deducir de una serie de meras evaluaciones numéricas, y que por otra parte entronca bastante directamente con todo lo que hemos expuesto en las últi-mas páginas.
En efecto, la tendencia a la uniformidad que se aplica tanto en el ámbito «natural» como en el humano, obliga no sólo a ad-mitir, sino incluso a erigir a la categoría de principio (tal vez sería mejor decir «pseudo-principio»), el hecho de que existan repeticiones de fenómenos idénticos, lo cual, en virtud del "principio de los indiscernibles", no es más que una pura y simple entelequia. Esta idea se traduce fundamentalmente en al afirmación usual de que "las mismas causas producen siempre los mismos efectos", lo cual, si se enuncia de esta forma, resulta senci-llamente absurdo, pues de hecho nunca puede haber ni las mismas causas ni los mismos efectos en un orden sucesivo de manifes-tación. ¿Pues no se llega incluso a decir con bastante frecuencia que «la historia se repite» cuando sólo puede hablarse de corres-pondencias analógicas entre ciertos períodos y determinados acon-tecimientos? Sería mejor decir que unas causas, comparables entre sí respecto a determinados criterios, producen efectos igualmente comparables respecto a los mismos criterios; mas, adyacentes a las analogías que son hasta cierto punto como una identidad parcial, existen también y necesariamente una serie de diferencias por el hecho mismo de tratarse, por hipótesis, de dos cosas dis-tintas y no de una única cosa. También es cierto que tales diferencias, en virtud de su naturaleza de distinciones cualitativas, son tanto menores cuanto que lo que se considera pertenece a un grado más bajo de la manifestación y que, por tanto, las analogías se acentúan en la misma medida de manera que, en ciertos casos, una observación superficial e incompleta podrá hacernos creer en alguna especie de identidad cuando en realidad las di-ferencias nunca se eliminan por completo porque de ser así nos encontraríamos por debajo del umbral de la manifestación. Aun-que sólo existiesen aquellas que se derivan de la influencia cambiante de las circunstancias de tiempo y de lugar, tampoco éstas podrían despreciarse por completo, si bien para comprenderlo hay que reparar en que el espacio y el tiempo reales, contraria-mente a lo que afirman las concepciones modernas, no son sen-cillamente continentes homogéneos y simple modalidades de la cantidad, sino que también las determinaciones temporales y espaciales tienen un aspecto cualitativo. Sea como fuere, es opor-tuno interrogarse sobre cómo puede pretenderse construir una ciencia «exacta» si se desprecian las diferencias e incluso se cie-rran los ojos ante su presencia; de hecho y en rigor, sólo pueden ser «exactas» las matemáticas puras por el hecho de referirse verdaderamente al ámbito de la cantidad. mientras que el resto de la ciencia moderna no es ni puede ser más que una trama de aproximaciones más o menos burdas, y ello no sólo en las aplicaciones en las que todo el mundo se ve obligado a reconocer la inevitable imperfección de los medios de observación y de medida, sino también desde el propio enfoque teórico; las suposiciones irrealizables constitutivas de casi todo el fondo de la mecánica «clásica», que a su vez sirve de fundamento a toda la física mo-derna, podrían suministrarnos aquí un gran número de ejemplos característicos (1).
La idea de basar una ciencia en la repetición desvela una vez más una ilusión de orden cuantitativo, a saber, aquella que con-siste en creer que la mera acumulación de un gran número de hechos puede servir en cierto modo como «prueba» de una teo-ría; no obstante resulta evidente, por poco que se piense, que los hechos pertenecientes a un mismo género siempre se producen en multitud indefinida, de manera que nunca se puede dar cuenta de todos ellos, prescindiendo por añadidura del hecho de que los mismos fenómenos puedan armonizar igualmente bien con diversas teorías. Puede decirse que la constatación de un mayor número de hechos confiere al menos una mayor «probabilidad» de vero-similitud a la teoría, mas ello supone reconocer que, de esta forma, nunca se puede llegar a una certidumbre y, por tanto, que las conclusiones que se enuncian nunca tienen nada de «exactas». Ello supone igualmente confesar el carácter comple-tamente «empírico» de la ciencia moderna cuyos partidarios, por una singular ironía, se complacen empero en sancionar como «empíricos» los conocimientos de la Antigüedad cuando pre-cisamente lo cierto es todo lo contrario, pues tales conocimientos, cuya verdadera naturaleza es ignorada por nuestros contempo-ráneos, partían de una serie de principios y no de observaciones experimentales, de forma que bien pudiera decirse que la ciencia profana está construida exactamente al revés que la ciencia tradicional. Además, a pesar de la insuficiencia del «empirismo» en sí, puede afirmarse que el de la ciencia moderna ni siquiera es integral puesto que desprecia o aparta una parte considerable de los datos de la experiencia, a saber, todos los que presentan un carácter genuinamente cualitativo. Al igual que cualquier otro tipo de experiencia, la experiencia sensible nunca puede incidir sobre la cantidad pura, y cuanto más nos acercamos a ésta más nos alejamos, por ende, de la realidad que se pretende estudiar y explicar; de hecho, no resultaría demasiado difícil darse cuenta de que las teorías más recientes son también las que menos rela-ción tienen con esta realidad y las que más gustosas la sustituyen por una serie de «convenciones», que no consideraremos comple-tamente arbitrarias (pues tal cosa no es de momento más que una entelequia y, para establecer una «convención» cualquiera, es absolutamente necesario tener alguna razón para ello), pero sí lo más arbitrarías posible, es decir, mínimamente basadas en la ver-dadera naturaleza de las cosas.
Antes decíamos que la ciencia moderna, por su misma inten-ción de ser completamente cuantitativa, se niega a tomar en con-sideración las diferencias entre los hechos particulares hasta en los casos en que tales diferencias están más acentuadas y que son naturalmente aquellos en los que los elementos cualitativos ostentan una mayor predominancia sobre los elementos cuantitativos, de manera que bien pudiera afirmarse que es aquí donde deja escapar la parte más considerable de la realidad y que el aspecto parcial e inferior de la verdad que todavía puede aprehen-der a pesar de todo (ya que el error total no podría tener un sen-tido diferente al de una negación pura y simple), desde entonces queda reducido a casi nada. Así ocurre sobre todo cuando de la consideración de hechos de orden humano se trata, pues éstos son los de más alto nivel cualitativo entre todos los que dicha ciencia contempla en el campo que se propone, si bien se esfuerza por darles exactamente el mismo tratamiento que a los demás, es decir, que a aquellos que refiere no sólo a la «materia organizada», sino también a la «materia bruta», pues en el fondo no tiene más que un único método que aplica uniformemente a los objetos más dis-pares precisamente porque, en virtud de su punto de vista espe-cial, es incapaz de discernir cuanto constituye en ella las diferen-cias esenciales. Por tanto, es en este orden humano, ya se trate de historia, de «sociología», de «psicología» o de cualquier otro tipo de estudios que se quiera suponer, donde aparece de forma más completa el carácter falaz de esas «estadísticas» a las que los modernos atribuyen tan gran importancia; aquí, como en cualquier otra parte, tales estadísticas sólo consisten en la contabilización de un número mayor o menor de hechos, que se suponen entera-mente semejantes unos a otros, pues de no ser así su suma no significaría nada; es obvio que de esta forma no se obtiene más que una imagen tanto más deformada de la realidad cuanto que los hechos de que se trata no son efectivamente semejantes o comparables sino en una medida menor, es decir, que la impor-tancia y la complejidad de los elementos cualitativos que impli-can son tanto más considerables. El caso es que, con esta exhi-bición de cifras y cálculos, consiguen darse a sí mismos, en la misma medida en que pretenden dársela a los otros, cierta ilusión de «exactitud» que podría llamarse «pseudo-matemática»; pero, de hecho, sin siquiera reparar en ello y en virtud de una serie de ideas preconcebidas, suele deducirse indistintamente de tales cifras prácticamente todo lo que se quiere, tal es su absoluta carencia de significación por sí mismas; buena prueba de ello es el hecho de que las mismas estadísticas, puestas en manos de varios científicos consagrados a idéntica "especialidad" suelan dar lugar, en virtud de sus respectivas teorías, a conclusiones completamente diferentes cuando no diametralmente opuestas. En tales condiciones, las supuestas ciencias «exactas», tan caras a la modernidad, en la medida que se apoyan en las estadísticas y que incluso pretenden extraer de ellas pronósticos para el porvenir (siempre como consecuencia de la supuesta identidad de todos los hechos que se consideran ya sean éstos pasados o futuros), no son en realidad más que simples ciencias "conjeturales", por emplear la misma palabra que los promotores de cierta astrología moderna supuestamente «científica» (con lo que reconocen con más franqueza que muchos otros su verdadera naturaleza), que, a buen seguro, no tiene en común con la verdadera astrología tradicional de los antiguos, tan perdida en la actualidad como el resto de los conocimientos de esta índole, sino una relación muy vaga y lejana, si acaso todavía la conserva en algo que no sea la terminología; precisamente esta «neo-astrología» también hace uso de estadísticas en sus esfuerzos por establecerse "empíricamente" y, sin referirse a ningún principio, puede decirse incluso que éstas tienen en ella un lugar preponderante; esta es, asimismo, la razón de que se crea posible decorarla con el epíteto de "científica" (lo que, por lo demás, implica que tal carácter se le niega a la verdadera astrología, así como a todas las ciencias construidas de forma similar), lo que sin duda es muy significativo y característico de la mentalidad moderna.
La presunción de una identidad entre unos hechos que en realidad se limitan a pertenecer al mismo género, es decir, que son comparables solamente por ciertos conceptos, al tiempo que, como acabamos de explicar, contribuye a crear la ilusión de una ciencia «exacta», también satisface la necesidad de simplificación excesiva que constituye otra característica no menos chocante de la mentalidad moderna, y ello hasta tal punto que, sin ninguna intención irónica, podría calificarse ésta como «simplista», tanto en sus concepciones «científicas» como en todas sus restantes manifestaciones. Todo esto está intensamente interrelacionado y esta necesidad de simplificación acompaña necesariamente a la tendencia a reducirlo todo a lo cuantitativo e incluso la refuerza más, pues, evidentemente, nada puede haber mas simple que la cantidad; si se pudiese despojar por entero a un ser o a una cosa de sus cua-lidades propias, el «residuo» obtenido presentaría a buen seguro una sencillez máxima; en el límite, esta extrema sencillez sería aquella que no puede pertenecer más que a la cantidad pura, es decir, a la de las «unidades» completamente semejantes entre sí, constitutivas de la multiplicidad numérica. Pero este último punto es lo suficientemente importante como para exigir algunas reflexio-nes adicionales.
NOTA:
(1). ¿Dónde se ha visto, por ejemplo, un «punto material pesado», un «sólido perfectamente elástico», un «hilo inextensible y carente de peso» y otras «entidades» no menos imaginarias de las que está repleta esa ciencia considerada «racional» por excelencia?
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