A Fray Diablo. El último.
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Viejo 21/ene/00, 00:12
ramona_petxugona
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Predeterminado A Fray Diablo. El último.

Cap. XXXV donde se critica eso que se suele hacer mucho en este foro. Es decir el reducir la dimensión espiritual de la persona, la religión o la metafísica a simples elementos o complejos psicológicos del individuo. Fruto del individualismo típico del racionalismo que no es capaz de concebir nada que supere el ámbito del individuo.
LA CONFUSIÓN DE LO PSÍQUICO CON LO ESPIRITUAL
Lo que hemos dicho respecto a ciertas explicaciones psicológicas de las doctrinas tradicionales, representa un caso particular de una confusión muy frecuente en el mundo moderno, la de los ámbitos respectivos de lo psíquico y lo espiritual; además, esta confusión, incluso cuando no llega a alcanzar las dimensiones de subversión del psicoanálisis, que asimila lo espiritual con los sectores mas inferiores del orden psíquico, resulta considerablemente grave en todos los casos. Hasta cierto punto hay que ver en ello una con-secuencia natural de la incapacidad de hecho que sufren los occi-dentales a la hora de distinguir el «alma» del «espíritu» (incapa-cidad a la que a buen seguro no es ajeno el dualismo cartesiano, puesto que en un único concepto engloba todo lo que no es el cuerpo designando indistintamente por uno u otro de estos nom-bres a esa cosa vaga y mal definida); así pues, esta confusión se manifiesta a cada instante incluso en el propio lenguaje corriente; buenos ejemplos de ella son el nombre de «espíritus» dado vul-garmente a una serie de entidades psíquicas que ciertamente nada tienen de «espiritual», al igual que la propia denominación del «espiritismo» que se deriva de este error, por no hablar del que conduce a llamar «espíritu» a lo que no es en realidad más que lo «mental». Es bastante fácil discernir las enojosas consecuencias que pueden derivarse de semejante estado de cosas: contribuir a la propagación de esta confusión, sobre todo en las condiciones actuales, supone, quiérase o no, inducir a los seres a perderse de manera irreparable en el caos del «mundo intermediario» y, por ello mismo, hacerles el juego, a menudo de manera inconstante, a las fuerzas satánicas impulsoras de lo que hemos denominado la «contrainiciación».
En este punto resulta necesaria la mayor precisión con el fin de evitar todo posible malentendido: no puede decirse que un desarrollo cualquiera de las posibilidades de un ser, incluso en un orden poco elevado como el que representa el ámbito psíquico, sea esencialmente «maléfico» en sí mismo; mas tampoco conviene olvidar que este ámbito es, por excelencia, el de las ilusiones y además siempre hay que saber situar cada cosa en el lugar que normalmente le corresponde; en definitiva, puede decirse que todo depende del uso que se hace de tal desarrollo y, antes que nada, es necesario considerar si se toma como un fin en sí o, por el con-trario, como un simple medio destinado a cubrir un objetivo de orden superior. En efecto, según sean las circunstancias de cada caso particular, cualquier cosa puede servir de ocasión o de «so-porte» a aquel que emprende la vía que ha de llevarle a una «rea-lización» espiritual; esto es cierto sobre todo al principio, dada la diversidad de las naturalezas individuales cuya influencia alcanza entonces su grado máximo; mas, hasta cierto punto, sigue siendo así mientras los límites de la individualidad no son sobrepasados por completo. Sin embargo, y por otra parte, cualquier cosa puede constituirse tanto en obstáculo como en «soporte», si es que el ser se detiene en ello y se deja ilusionar y extraviar por ciertas apariencias de «realización» que no tienen ningún valor propio y son resultados completamente accidentales y contingentes, siem-pre y cuando puedan ser considerados como resultados desde un punto de vista cualquiera; además este peligro de extravío existe siempre, mientras no se salga del orden de las posibilidades indi-viduales; por otra parte, es en lo referente a las posibilidades psíquicas donde adquiere sus más amplias proporciones y, natu-ralmente, se va haciendo tanto mayor cuanto más inferior es el orden de sus posibilidades.
Ciertamente, el peligro es mucho menos grave cuando no se trata más que de una serie de posibilidades de orden simplemente corporal y fisiológico; buen ejemplo de todo esto es el error co-metido por algunos occidentales que, como decíamos antes, toman el Yoga, o lo poco que conocen de sus prolegómenos, por una especie de método de «cultura física»; en semejante caso en modo alguno se corre el riesgo de obtener, mediante unas «prácticas» realizadas descuidadamente y sin ningún control, un resultado completamente opuesto el que se buscaba arruinando la salud en vez de mejorarla. Este hecho nos interesa sólo por revelarse en él una burda desviación en la utilización de tales «prácticas» des-tinadas, en realidad, a una utilización completamente diferente y perfectamente ajena a este ámbito fisiológico al que se pretende limitarlas y cuyas repercusiones naturales dentro de éste no cons-tituyen más que un mero «accidente» al que no conviene dar la menor importancia. No obstante, es preciso añadir que estas mis-mas «prácticas», con el desconocimiento del ignorante que las emprende como si de una simple «gimnasia» se tratara, pueden tener repercusiones sobre las modalidades sutiles del individuo, lo cual contribuye de hecho a aumentar considerablemente el pe-ligro; así, sin darse cuenta, puede abrirse la puerta a una serie de influencias de todo tipo (siendo por supuesto las de más baja calidad las primeras en aprovechar la ocasión), contra cuyo influjo se suele estar tanto más indefenso cuanto que, a veces, ni siquiera se sospecha su existencia y que, con mayor motivo aún se es in-capaz de discernir su verdadera naturaleza; pero, al menos no hay aquí ninguna pretensión «espiritual».
Lo contrario suele ocurrir en algunos casos en los que entra en juego la confusión de lo psíquico propiamente dicho con lo espiritual, revistiendo tal confusión dos formas inversas: en la primera de ellas, lo espiritual queda reducido a lo psíquico y sue-le ocurrir sobre todo en el tipo de explicaciones psicológicas al que anteriormente hemos aludido; en la segunda, por el contrario, lo psíquico es tomado por lo espiritual, siendo el espiritismo el ejemplo más vulgar de esta confusión, si bien otras formas más complejas del «neo-espiritualismo» también proceden de este mismo error. En ambos casos siempre es, en definitiva, lo espiri-tual lo que permanece ignorado; sin embargo, el primero de ellos se refiere a aquellos que sencillamente lo niegan, al menos de he-cho, cuando no lo hacen de manera explícita, mientras que el segundo parece aludir a los que viven la ilusión de una falsa es-piritualidad, siendo este último caso el que nos proponemos con-siderar más especialmente ahora. La razón por la que tanta gente se deja extraviar por esta ilusión es en el fondo bastante sencilla: algunos buscan ante todo unos supuestos «poderes», es decir, en definitiva, la producción de unos «fenómenos» más o menos ex-traordinarios en una forma u otra; otros se esfuerzan en «centrar» su conciencia sobre unas «prolongaciones» inferiores de la individualidad humana, tomándolos erróneamente por estados superio-res, simplemente por el hecho de quedar fuera del cuadro al que suele limitarse la actividad del hombre «medio», un cuadro que, en el estado correspondiente al punto de vista profano caracterís-tico de la época actual, es aquel que hemos convenido en llamar la «vida ordinaria», en la cual no interviene ninguna posibilidad de orden extra-corpóreo. Por lo demás, para estos últimos, la raíz del error suele residir en la atracción que despierta el «fenó-meno», es decir, en definitiva, en la tendencia «experimental» inherente al espíritu moderno: efectivamente, lo que desean ob-tener son siempre unos resultados que de alguna forma resulten «sensibles», viendo en ellos lo que ellos creen que constituye una «realización»; mas, precisamente, ello equivale a decir que todo lo que verdaderamente pertenece al orden espiritual se les escapa por completo, que ni siquiera llegan a concebirlo de manera remota y que, al carecer por completo de «cualificación» a este res-pecto, tal vez sería mucho mejor para ellos contentarse con per-manecer encerrados en la banal y mediocre seguridad ofrecida por la «vida ordinaria». Por supuesto no se trata en modo alguno de negar la realidad de los «fenómenos» en cuestión como tales; podríamos decir incluso que son demasiado reales para ello y bas-tante peligrosos por añadidura; lo que nos permitimos objetar resueltamente es su valor y su interés, sobre todo desde el punto de vista de un desarrollo espiritual, siendo precisamente ahí don-de reside la ilusión. Si, después de todo, no se produjese en este caso más que una mera pérdida de tiempo y de esfuerzos, el mal no sería demasiado considerable, pero es que, en general, el ente que se ata a tales cosas, posteriormente resulta incapaz de libe-rarse de ellas e ir más allá, con lo que queda irremisiblemente desviado; las tradiciones orientales conocen bien el caso de los individuos que, tras haberse convertido en simples productores de «fenómenos», nunca llegarán a alcanzar la menor espirituali-dad. Pero todavía hay algo más: puede darse en este caso una especie de desarrollo «al revés» que no sólo no aporta ninguna adquisición válida, sino que sigue alejando gradualmente de la «realización» espiritual al ser hasta que éste se pierde definitiva-mente en estas «prolongaciones» inferiores de su individualidad a las que antes hacíamos alusión y mediante las cuales sólo puede entrar en contacto con lo «infrahumano»; su situación entonces pierde toda posible salida o, al menos, sólo conserva una que constituye una total «desintegración» del ser consciente; de ma-nera que esto supone para el individuo el equivalente de lo que es para el conjunto del «cosmos » manifestado la disolución final.
A este respecto, más que desde cualquier otro punto de vista, todas las precauciones serán pocas a la hora de invocar el «sub-consciente», el «instinto», la «intuición» infrarracional e incluso una «fuerza vital» más o menos mal definida; en una palabra, todas las cosas vagas u oscuras que tienden a exaltar la nueva filosofía y psicología y que conducen más o menos directamente a una toma de contacto con los estados inferiores. Con mayor motivo debemos guardarnos con extremada vigilancia (pues el enemigo al que aludimos sabe perfectamente adoptar los más insidiosos disfraces) de todo lo que induce al ser a «fundirse», como podríamos decir con mayor exactitud que si hablásemos de «confundirse» o incluso de «disolverse», en una especie de «conciencia cósmica» excluyente de toda «trascendencia», es decir, de toda espiritualidad efectiva; ésta es la última consecuencia de to-dos los errores antimetafísicos que, en su vertiente más especial-mente filosófica, son designados por términos como los de «pan-teísmo», «inmanentismo» y «naturalismo» y que, por otra parte, permanecen conexos, constituyendo una consecuencia ante la cual muchos se echarían para atrás si verdaderamente supiesen de qué estaban hablando. Esto supone, efectivamente, tomar a la espiri-tualidad «al revés» en el sentido literal, sustituyéndola por lo que constituye en rigor su inversa por conducir inevitablemente a su pérdida definitiva, siendo esta sustitución en lo que consiste el «satanismo» propiamente dicho; los resultados no cambian sus-tancialmente según que el proceso sea consciente o inconsciente y, además, no conviene olvidar que el «satanismo inconsciente» de algunos, más numerosos que nunca en nuestra época de desor-den generalizado en todos los ámbitos, en el fondo no es más que un instrumento en manos del «satanismo consciente» profesado por los representantes de la «contrainiciación».
En otro lugar hemos tenido ocasión de señalar el simbolismo iniciático de una «navegación» que habría de realizarse a través del océano representativo del ámbito psíquico, cuya travesía debe llevarse a cabo evitando todos sus peligros para llegar a la meta (1); mas ¿qué decir de aquel que se arrojase en medio de este océano sin más aspiración que la de ahogarse en él? Esto es exactamente lo que significa la supuesta «fusión» con una «conciencia cósmi-ca» que, en realidad, no es más que el conjunto confuso e indi-ferenciado de todas las influencias psíquicas, las cuales, pese a lo que algunos se puedan imaginar, ciertamente nada tienen en co-mún con las influencias espirituales, incluso si las imitan más o menos en algunas de sus manifestaciones exteriores (pues éste es el terreno en el que la «falsificación» se ejerce en toda su ampli-tud y ésta es la razón de que tales manifestaciones «fenoménicas» nunca lleguen a probar nada por sí mismas, pudiendo ser perfectamente iguales las producidas por un santo y por un brujo). Aquellos que cometen tan fatal error olvidan o sencillamente ignoran la distinción existente entre las «Aguas superiores» y las «Aguas inferiores»; en lugar de elevarse hacia el océano de arri-ba, se hunden en los abismos del océano de abajo; en lugar de concentrar todos los poderes para dirigirlos hacia el mundo informe, que es el único que puede ser llamado «espiritual», los dis-persan en la diversidad indefinidamente cambiante y huidiza de las formas de la manifestación sutil (que es lo que mejor corres-ponde a la concepción de la «realidad» bergsoniana), sin reparar en que lo que toman por una plenitud de «vida» no es efectiva-mente más que el reino de la muerte y de la disolución irrever-sible.
NOTA:
-(1). Véase Le Roi du Monde, páginas 120-121, y Autorité spirituelle et pouvoir temporel, págs. 140-144.
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