Cartas de amor
CARTAS DE AMOR
“Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.”
Miguel Hernández.
CON LA IMBORRABLE TINTA
DE LOS SENTIMIENTOS
No tendría nada de extraño que la primera carta que se hubiese escrito en el mundo hubiese sido
de amor. Si la costumbre de escribir cartas no hubiese existido por otras razones, el amor las
habría invitado inmediatamente, como su más elemental y característico modo de expresión. Y
existieron -y existen- amores que apenas han llegado a otros términos que a la pura
correspondencia, al simple ir y venir de los esperados sobres; o no ha habido en absoluto otra
cosa: sólo cartas, a veces sin que contestase siquiera el destinatario. Y pese a ello, han sido
pasiones intensísimas que han puesto en juego y han estremecido al límite el ser todo del amante
postal, concentrando en el pliego y en la pluma las tensiones de amor.
A los epistolarios más conocidos y prestigiosos se une el descubrimiento de colecciones bien
notables, como las cartas de Gertrudis Gómez de Avellaneda a Antonio Romero Ortiz, en donde
la enamorada antepone al romanticismo un profundo realismo que no se para en barras: “Soy
mujer de tal temple de alma que acaso sería capaz de amar a un pirata, a un bandido, a un fraile,
si se me presentara noblemente, con la cara descubierta, a probarme que latía en su pecho un
corazón varonil, capaz de amar como yo concibo el amor”.
Otras cartas de esta misma índole son las de doña Emilia Pardo Bazán a don Benito Pérez
Galdós, sacadas a la luz pública en 1975. La gran campeona del naturalismo confiesa a su
“ratoncito del alma”, el autor de Tristana, que su impulso “sería decirle que le quiere
tiernamente, que le echo de menos, que no estaré tranquila hasta reanudar la amistad, y que
pienso en V. mucho, mucho”.
Pero ningún epistolario tan serio, tan abrumador y tan delicado a la vez, como el de Franz Kafka
a Milena. Hubo encuentros entre ambos, pero como dice Wilys Hass (a quien Milena entregó
esta correspondencia poco antes de que los nazis la internaran en el campo de Ravensbruck, en
el que pereció en 1944), lo que importa es que hayamos podido conocer, gracias a las cartas, el
entero y estremecedor romance amoroso... Porque por muy a menudo que se hayan encontrado
Kafka y Milena (y lo que parece es que, realmente, se encontraron muy poco), este amor -señala
Hass- fue en esencia un amor epistolar, como el de Werther o el de Kierkegaard.
En esas cartas encontramos, junto a las dulces y sublimes vulgaridades, comunes a toda
expresión de sincero amor, las más explícitas, significativas y lúcidas revelaciones de lo que una
correspondencia amorosa representa y de la intensa forma de amor que, por sí misma, es. Pero
toda forma de amor es, básicamente, intensidad y, por lo mismo, se compone de placeres y
zozobras: lo intenso exige el contraste o, más aún, está hecho de un contraste que se eriza.
Cuando Kafka contempla el retrato de Milena siente un sufrimiento, pero quisiera defender su
posesión “contra diez hombres poderosos”. A lo último necesita las cartas y las teme. No tolera
pasar un día sin recibir misiva. Y dice: “Ayer te aconsejé que no me escribieras todos los días”.
Y añade: “Pero, por favor, Milena, no me hagas caso y escríbeme igual todos los días, aunque se
una carta muy breve como la de hoy, apenas dos líneas, una sola, una mera palabra; privarme de
esa palabra me costaría horribles sufrimientos”. Y repite de nuevo: “Hace poco te pedía que no
me escribieras todos los días, era sincero, tenía miedo a las cartas..., y hoy hubiera sido
desdichado si no hubiera recibido estas tarjetas”.
Ello es que la llegada de una carta de la persona que más deseábamos que nos escribiera produce
una de las mayores emociones que pueden experimentarse. Y al ser nosotros los que escribimos
a esa persona, hasta la fría boca metálica de los buzones de correos palpita al rozarla nuestra
mano como si fuese la propia mano de quien espera la carta. O, incluso, de quien no la espera o
no la contestará, al transgredir y traspasar ese silencio, si es que es éste lo único con que se nos
corresponde. Y como dijo el poeta: “Cuando te voy a escribir, / te van a escribir mis huesos; / te
escribo con la imborrable tinta de mi sentimiento.”.
Francisco Arias Solis
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