Cita:
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Escrito por sin_casco
Después los milicos aparecieron como salvapatrias sin escrúpulos, y algunos los creyeron.
Estuve en Uruguay poco antes del 80 y escuché cómo mucha gente usaba esa palabra odiosa para definir al vecino que lo habían llevado y que desapareció;
-Era un subversivo –decían-. Y se quedaban tan tranquilos...
Todo eso no fue culpa del ciudadano que buscaba su laburo y su mate, al que cada vez le iban robando más.
Hasta que un día decidió salir de allá y buscó en el mapa-mundi lugares en los que sí se podía vivir, “Lugares Comunes” como la película aquella de Federico Luppi.
Algunos eligieron España, al fin y al cabo era la patria de los abuelos de muchos...
Y España, mientras tanto, había cambiado lo suyo.
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Guitarra negra Alfredo Zitarrosa (fragmentos)
¿Cómo haré para tomarte en mis adentros guitarra? ¿Cómo haré para que sientas mi torpe amor? Mis ganas de sonarte entera y mía. ¿Cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente. Tu cuerda tinta, Tu bordón macho y oscuro? Tus parientes cantores.
¿Como se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan? [...]
Toca la guitarra negra. Tocalá, tocalá.
Hoy anduvo la muerte entre mis libros, buscando mi pasado. Buscando los veranos del 40. Los muchachitos bajo la manguera. Las siestas clandestinas. Los plátanos de barrio asesinados, tallados en el alma. Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del café Montevideo. Las encomiendas por la Onda con olor a estofado. Revisando a mi padre, su berreta, su valdomir. Revisando a mi madre, su hemiplegia. Al Urugay vallista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos bajo banderas. Bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables.
Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos índices. Las fotos, el termómetro. Los muertos y los vivos. Los pálidos andás pa quien avista los pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión...
Y no halló nada. No pude hallar a Valle, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a Marx, ni Arístide, ni a Lenin, ni al príncipe Kropotkin, ni al Urugay, ni a nadie. Ni a los muertos Fernández más recientes. A mi tampòco me encontró. Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de una vida. Pasé frente al Nocturno y la vida había pintado unos carteles. Pregunté en una esquina por la hora y en la bolsa del hombre que me dijo la hora iba la vida junto con su almuerzo.
Toca la guitarra negra.. Tocalá, tocalá.
En mi barrio vive el presidente, cercado por un muro, casi derrumbado.
Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas pesada como un mundo: la res. Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento, balando al descuajarse su osamenta. Ya solo un pobre costillar enorme, ya solo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida tendorosa y atónita. Ahí se va alzando como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por el garrón abierto de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor incomprensible, absurdo. Balando plañidera y tonta como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto, y por qué duele tanto qué parte de quién que es ella misma, la res abierta al descuertizamiento atroz, por no tomar partes que nunca habían dolido, y que eran tantas parte tan extensas, y que pastando nunca habían dolido, haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero, y cornamenta viva; que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido, hacia sus adentros, y nunca habían dolido. Ya está colgada, las patas delanteras se ederezan y endurecen, y avanzan hacia adelante y hacia arriba implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo. Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: “Urugay for export”.
Aquella res que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico.
Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porqué allí no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando que ya se la llevaba el gancho, y cayó detrás también y el cemento tembló, bajo esos huesos. Aquella otra res que esquivó el marronazo y que cayó también con un ojo rebentado y una guaspa partida deshecha, también cayó y tembló la tierra. Tembló el marrón, tembló el marronero. La res murió temblando, de dolor y de miedo, de un marronazo en plena frente “For export”, del Urugay.
Toca la guitarra negra. Tócala, tócala.
Hace rato ya que hoy trabajo, y vengo acostumbrándome al desuso de mi alma, a la razón del enemigo, a mis sesenta cigarrillos diariaos, a las malas costumbres de mis canciones, que de algún modo siempre fueron nuestras. Vos lo sabés guitarra negra..
Hoy reanudo en un cómico enderezo la hora de ayer parada en su nostalgia. Me hacen sufrir las alas que me puse para volar. Más grito y se alzan, gimo y me acompañan. Río y baten de a dos como que están amándose y se odian, se odian sin embargo mis dos alas, se odian, se enderezan, se hacen amigas mías para llevarme por todas partes. Allá está la canción, aquí la nada, más allá el pueblo, más allá el amor. Pero el pueblo está también más acá, y antes estaba allá también, detrás del pueblo el pueblo. Hemos viajado por todos mis caprichos, y el pueblo, posando el piso, amándose con alas como las mías, odiando su destino, odiándome y amándome sin alas, con millones de pies, con manos y cabezas, y lenguas, y sufrir, bocas dicen, ahora, la suerte ya está echada.
Toca la guitarra negra. Tócala, tócala.
La mariposa viene hacia mi en la calle y en el aire húmedo, por el aire húmedo bailando, por el aire húmedo ominoso, bailando en el aire caliente. Y yo vi que no era a mi a queine buscaba sino a la muerte. Y que no buscaba la muerte también vi, porque no era mariposa de la Ciudad de Hierro, ni nacida para eso, sino que era mariposa nada más, presa y ya muerta de antemano, fatalmente, buscando en ese bailar frágil, una ala , un grano, una pizca de polen en el cemento.
Porqué la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida ya bebida. Eso no es tan triste. Triste es ver su cadena de huevos en el hollín, depositado junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento, su cadena de huevos de seda.
Hago falta, yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy. Siento que hay un sitio para mi en la fila, que se ve ese vacío. Que hay una respiración que falta. Que defraudo una espera. Siento la tristeza o la ira inespresada de un compañero. El amor del que me aguarda lastimado. Falta mi cara en la gráfica del pueblo. Mi voz en la consigna. Mi canto en la pasión de andar. Mis piernas en la marcha. Mis zapatos hollando el polvo.
Toca la guitarra negra. Tócala, tócala
Los ojos míos en la contemplación del mañana. Hoy pienso en la bandera, en el martillo, en la guitarra. En mi lengua, en el idioma de todos, el gesto de mi cara, en la honda preocupación de mis hermanos. [...]
