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Alta traición
Hemos deseado tan intensamente y durante tanto tiempo que las cosas fueran de otra manera que resulta muy incómodo rendirse a la evidencia. Pero si en España existiera un estado de guerra como el que arrogantemente reivindica haber provocado la cúpula de ETA en sus comunicados, la aparición del libro de las valientes y bien informadas periodistas Isabel San Sebastián y Carmen Gurruchaga, del que hoy EL MUNDO publica un amplio anticipo, sentaría al presidente del PNV ante un tribunal de Justicia y obligaría al ministerio público a solicitar para él la pena más elevada del ordenamiento, por alta traición al Estado en negociaciones secretas con el enemigo. Subrayo que ni se da ese supuesto ni es ése el camino que patrocino, pero el contenido de El árbol y las nueces tiene la suficiente contundencia como para que al menos en el plano moral la cuestión quede lo suficientemente zanjada, de forma que sólo un farsante cum laude pueda continuar encaramado al guindo de la ingenuidad en lo tocante al papel que Xabier Arzalluz ha desempeñado en los últimos diez años. La tesis del reparto de tareas entre el PNV y ETA, resumida en la metáfora del propio líder del EBB que da pie al título del libro -«No conozco de ningún pueblo (sic) que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan; unos sacuden el árbol para que caigan las nueces y otros las recogen para repartirlas»-, había sido ya expuesta en numerosas ocasiones con el aval empírico de tales o cuales acontecimientos. La gran novedad que ahora aportan nuestras compañeras es un alarde documental, abrumador y elocuente, que cierra cualquier salida al beneficio de la duda y las medias tintas. La principal de esas pruebas es un texto intervenido por la Policía en el domicilio del dirigente de KAS Rafael Díez Usabiaga en el que se da cuenta a ETA del encuentro secreto mantenido con Arzalluz el 26 de marzo de 1991. Las palabras que ya en ese momento se ponen en boca de Arzalluz -«Nosotros tenemos un plan diseñado y le hemos puesto fechas: la soberanía de Euskadi estilo Lituania, a proclamar entre el 98 y el 2002»- demuestran que el Pacto de Lizarra, suscrito precisamente el 16 de septiembre de 1998, no fue una improvisación, sino el punto de inflexión de un proceso rupturista largamente madurado para el que Arzalluz no dejó ni un solo día de trabajar en la sombra y en el que no tuvo el menor escrúpulo de hacer todo lo posible por preservar la contribución terrorista de ETA. Estremece leer la explicación de lo que ahora está sucediendo en las calles del País Vasco, en el tono exculpatorio en que fue transmitida hace nueve años a la banda: «Es falso que estemos impulsando a la Ertzaintza contra ETA. De hecho es más bien lo contrario, que estamos frenando. Probablemente la Ertzaintza tenga datos sobre más de un comando y no ha procedido...» ¿No es éste el mayor estímulo imaginable que puede recibir una organización terrorista por parte del líder del partido que controla desde el Gobierno autonómico las competencias de orden público? ¿No es ésta la luz verde implícita para la puesta en marcha de la kale borroka en todas sus modalidades? ¿No es ésta la raíz de todas las pasividades de la Ertzaintza -detalladamente expuestas en el libro con un gran acopio de papeles internos- e incluso de la farisaica distinción entre moralidad y legalidad por parte de don Caifás Balza? ¿No es esto motivo suficiente para que si no se produce una drástica rectificación de la actitud de la Policía Autónoma, se abra cuanto antes un debate sobre la recuperación al menos parcial de esas competencias, transferidas desde el falso supuesto de la lealtad recíproca? Flagrante alta traición, pues, a la legalidad del Estado que ha proporcionado al PNV todos sus resortes clientelistas de poder. Pero flagrante alta traición también a los partidos y dirigentes que confiaron en su palabra y le prestaron su colaboración. Eso incluye por igual al PSOE y al PP, pero habrá que ver la cara que se les pone a los Benegas, Jáuregui y al propio González cuando lean los términos en los que se refería Arzalluz en la mencionada reunión a su coalición de entonces: «El enemigo número uno es el de siempre, aunque ahora gobernemos con él». Y flagrante alta traición, incluso, a sus compañeros de la supuesta dirección colegiada del partido y del Gobierno autónomo que siempre concibió como títere: «Esta reunión de hoy es personal, no la conocen ni el EBB ni Ardanza». ¿Cuántos otros encuentros, tratos y compromisos de Arzalluz con ETA y su entorno continúan siendo un arcano para los cachazudos burukides que durante este tiempo se han limitado a practicar el ritual del asentimiento, por no hablar de las engañadas bases que creían estar compatibilizando el sentimiento nacionalista con la decencia democrática? El guión estaba escrito desde entonces. Los propios recaderos de KAS constatan por escrito que Arzalluz «está pidiendo un diálogo con ETA para hablar de la teoría de la complementariedad, del valor entendido y de la necesidad del diálogo para incluso un futuro acuerdo político». Menos eufemístico es el lenguaje de su escudero Gorka Agirre -a quienes las autoras harán reaparecer más tarde reclamando durante la tregua a la familia Delclaux que continúe pagando a ETA-, que literalmente afirma: «Tendremos que llegar a algún acuerdo porque para conseguir lo que buscamos tendremos que gobernar con vosotros». Son estas premisas las que explican -y el libro lo hace minuciosamente- el comportamiento de Arzalluz proporcionando a ETA el triunfo de la autovía de Leizarán, acudiendo en su ayuda tras la caída de Bidart o boicoteando la espontánea reacción ciudadana, incluida la de la gran mayoría de los nacionalistas, tras la despiadada ejecución de Miguel Angel Blanco. Es imposible terminar la lectura sin llegar a la fundada conclusión de que Arzalluz ha protegido reiteradamente a ETA por considerarla un instrumento necesario para su delirante intento de lituanizar Euskadi. Y de que eso le hace cómplice moral de todos y cada uno de los abominables asesinatos perpetrados antes y después de su patético pinchazo en hueso. El Pacto de Lizarra iba a ser el comienzo de la emancipación por la vía de las urnas, pero si no fuera por la sangre derramada no habría pasado de un patético remedo del «putsch de la Cerveza». El País Vasco no será como Lituania en el 2002 porque el País Vasco no ha sido como Lituania jamás de los jamases. ETA se divide en dos: los tontos que no lo saben y los listos que fingen no saberlo. La pasada semana equiparaba a sus miembros con los perros rabiosos de la Milicia del régimen de Vichy. Tras leer El árbol y las nueces ya sé quién ha sido su Pierre Laval. Insisto en que no pido para Arzalluz el mismo trato que la Francia de De Gaulle otorgó a aquel malencarado fascista de la corbata blanca y el verbo también flamígero. Pero desde ahora debemos hacerle notar a todos los niveles que sabemos lo que ha sido capaz de hacer y cuál es la opinión que nos merece. pedroj.ramirez@elmundo.es CARTA DEL DIRECTOR | PEDRO J. RAMIREZ http://www.elmundo.es/2000/09/24/opinion/24N0061.html -------------------------------------------------- |
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> Alta traición
> > > Hemos deseado tan intensamente y durante tanto tiempo que las cosas fueran de otra manera que resulta muy incómodo rendirse a la evidencia. Pero si en España existiera un estado de guerra como el que arrogantemente reivindica haber provocado la cúpula de ETA en sus comunicados, la aparición del libro de las valientes y bien informadas periodistas Isabel San Sebastián y Carmen Gurruchaga, del que hoy EL MUNDO publica un amplio anticipo, sentaría al presidente del PNV ante un tribunal de Justicia y obligaría al ministerio público a solicitar para él la pena más elevada del ordenamiento, por alta traición al Estado en negociaciones secretas con el enemigo. > > > Subrayo que ni se da ese supuesto ni es ése el camino que patrocino, pero el contenido de El árbol y las nueces tiene la suficiente contundencia como para que al menos en el plano moral la cuestión quede lo suficientemente zanjada, de forma que sólo un farsante cum laude pueda continuar encaramado al guindo de la ingenuidad en lo tocante al papel que Xabier Arzalluz ha desempeñado en los últimos diez años. > > > La tesis del reparto de tareas entre el PNV y ETA, resumida en la metáfora del propio líder del EBB que da pie al título del libro -«No conozco de ningún pueblo (sic) que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan; unos sacuden el árbol para que caigan las nueces y otros las recogen para repartirlas»-, había sido ya expuesta en numerosas ocasiones con el aval empírico de tales o cuales acontecimientos. La gran novedad que ahora aportan nuestras compañeras es un alarde documental, abrumador y elocuente, que cierra cualquier salida al beneficio de la duda y las medias tintas. > > > La principal de esas pruebas es un texto intervenido por la Policía en el domicilio del dirigente de KAS Rafael Díez Usabiaga en el que se da cuenta a ETA del encuentro secreto mantenido con Arzalluz el 26 de marzo de 1991. Las palabras que ya en ese momento se ponen en boca de Arzalluz -«Nosotros tenemos un plan diseñado y le hemos puesto fechas: la soberanía de Euskadi estilo Lituania, a proclamar entre el 98 y el 2002»- demuestran que el Pacto de Lizarra, suscrito precisamente el 16 de septiembre de 1998, no fue una improvisación, sino el punto de inflexión de un proceso rupturista largamente madurado para el que Arzalluz no dejó ni un solo día de trabajar en la sombra y en el que no tuvo el menor escrúpulo de hacer todo lo posible por preservar la contribución terrorista de ETA. > > > Estremece leer la explicación de lo que ahora está sucediendo en las calles del País Vasco, en el tono exculpatorio en que fue transmitida hace nueve años a la banda: «Es falso que estemos impulsando a la Ertzaintza contra ETA. De hecho es más bien lo contrario, que estamos frenando. Probablemente la Ertzaintza tenga datos sobre más de un comando y no ha procedido...» > > > ¿No es éste el mayor estímulo imaginable que puede recibir una organización terrorista por parte del líder del partido que controla desde el Gobierno autonómico las competencias de orden público? ¿No es ésta la luz verde implícita para la puesta en marcha de la kale borroka en todas sus modalidades? ¿No es ésta la raíz de todas las pasividades de la Ertzaintza -detalladamente expuestas en el libro con un gran acopio de papeles internos- e incluso de la farisaica distinción entre moralidad y legalidad por parte de don Caifás Balza? ¿No es esto motivo suficiente para que si no se produce una drástica rectificación de la actitud de la Policía Autónoma, se abra cuanto antes un debate sobre la recuperación al menos parcial de esas competencias, transferidas desde el falso supuesto de la lealtad recíproca? > > > Flagrante alta traición, pues, a la legalidad del Estado que ha proporcionado al PNV todos sus resortes clientelistas de poder. Pero flagrante alta traición también a los partidos y dirigentes que confiaron en su palabra y le prestaron su colaboración. Eso incluye por igual al PSOE y al PP, pero habrá que ver la cara que se les pone a los Benegas, Jáuregui y al propio González cuando lean los términos en los que se refería Arzalluz en la mencionada reunión a su coalición de entonces: «El enemigo número uno es el de siempre, aunque ahora gobernemos con él». > > > Y flagrante alta traición, incluso, a sus compañeros de la supuesta dirección colegiada del partido y del Gobierno autónomo que siempre concibió como títere: «Esta reunión de hoy es personal, no la conocen ni el EBB ni Ardanza». ¿Cuántos otros encuentros, tratos y compromisos de Arzalluz con ETA y su entorno continúan siendo un arcano para los cachazudos burukides que durante este tiempo se han limitado a practicar el ritual del asentimiento, por no hablar de las engañadas bases que creían estar compatibilizando el sentimiento nacionalista con la decencia democrática? > > > El guión estaba escrito desde entonces. Los propios recaderos de KAS constatan por escrito que Arzalluz «está pidiendo un diálogo con ETA para hablar de la teoría de la complementariedad, del valor entendido y de la necesidad del diálogo para incluso un futuro acuerdo político». Menos eufemístico es el lenguaje de su escudero Gorka Agirre -a quienes las autoras harán reaparecer más tarde reclamando durante la tregua a la familia Delclaux que continúe pagando a ETA-, que literalmente afirma: «Tendremos que llegar a algún acuerdo porque para conseguir lo que buscamos tendremos que gobernar con vosotros». > > > Son estas premisas las que explican -y el libro lo hace minuciosamente- el comportamiento de Arzalluz proporcionando a ETA el triunfo de la autovía de Leizarán, acudiendo en su ayuda tras la caída de Bidart o boicoteando la espontánea reacción ciudadana, incluida la de la gran mayoría de los nacionalistas, tras la despiadada ejecución de Miguel Angel Blanco. Es imposible terminar la lectura sin llegar a la fundada conclusión de que Arzalluz ha protegido reiteradamente a ETA por considerarla un instrumento necesario para su delirante intento de lituanizar Euskadi. Y de que eso le hace cómplice moral de todos y cada uno de los abominables asesinatos perpetrados antes y después de su patético pinchazo en hueso. > > > El Pacto de Lizarra iba a ser el comienzo de la emancipación por la vía de las urnas, pero si no fuera por la sangre derramada no habría pasado de un patético remedo del «putsch de la Cerveza». El País Vasco no será como Lituania en el 2002 porque el País Vasco no ha sido como Lituania jamás de los jamases. ETA se divide en dos: los tontos que no lo saben y los listos que fingen no saberlo. La pasada semana equiparaba a sus miembros con los perros rabiosos de la Milicia del régimen de Vichy. Tras leer El árbol y las nueces ya sé quién ha sido su Pierre Laval. Insisto en que no pido para Arzalluz el mismo trato que la Francia de De Gaulle otorgó a aquel malencarado fascista de la corbata blanca y el verbo también flamígero. Pero desde ahora debemos hacerle notar a todos los niveles que sabemos lo que ha sido capaz de hacer y cuál es la opinión que nos merece. > > pedroj.ramirez@elmundo.es > > CARTA DEL DIRECTOR | PEDRO J. RAMIREZ > > http://www.elmundo.es/2000/09/24/opinion/24N0061.html >-------------------------------------------------- Estimado Jerónimo: Las serpientes de cascabel muerden y te inyectan ponzoña, incluso desde que dejan el huevo. Lo mismo acontece con los alacranes. Una coralillo recién nacida, ya puede morder a un buey y matarlo. "Genio y figura, hasta la sepultura", decían mis abuelos. Un saludo, Ehécatl -------------------------------------------------- |
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