de haiti a las costas de florida
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Viejo 7/jul/00, 00:12
donnadie
Novato
 
Fecha de ingreso: 19/sep/05
Mensajes: 86
Predeterminado de haiti a las costas de florida

EL NACIONAL - DOMINGO 2 DE JULIO DE 2000
SIETE DIAS
Dos reporteros norteamericanos en
una travesía desesperada
De Haití a las costas de
Florida corre la ruta del
infierno
En una nación donde el ingreso per
cápita se sitúa en 250 dólares y el
empleo estable es privilegio de
menos de 0,5% de la población,
miles de personas pagan cada año
hasta 3.500 dólares por someterse
a la más pavorosa aventura.
Hacinados en endebles
embarcaciones, atormentados por
la sed y el hedor, expuestos a morir
ahogados o por deshidratación, los
haitianos están dispuestos a
afrontarlo todo con tal de huir de la
miseria e intentar un futuro incierto
en EE UU. "Llegamos a este país
en botes de esclavos y vamos a
salir de él de la misma forma"
Michael Finkel - The New York Times
Servicio exclusivo de El Nacional
En la
cabina
de
carga,
debajo
de las
tablas
de la
cubierta,
privados
de la
luz del
sol mas
no de
su
fuego,
a veces
parece
que no
hay
más
que
ojos. El
bote de
23 pies
de
largo
avanza
con el
único
impulso
de dos
pequeñas
velas.
Son 41
personas
abajo y
cinco
arriba.
Todos,
excepto
el
fotógrafo
y yo,
son
ciudadanos
haitianos que huyen de su país con la
esperanza de comenzar una nueva vida en
Estados Unidos. La bodega parece el
túnel de una mina; miro en la oscuridad y
es imposible decir dónde comienza una
persona y dónde termina la otra. Estamos
comprimidos, miembros entrelazados,
cabezas sobre regazos, una masa tan
densa que casi no hay espacio para
moverse. La conversación ha callado, y de
no ser por el movimiento y parpadeo de
los ojos, no habría signos de vida.
Apenas 24 horas antes, los rostros de la
gente que me rodea lucían luminosos ante
la esperanza de llegar a un nuevo país.
Ahora, mientras la rudeza de la travesía se
hace evidente, sus miradas transmiten la
aplastante desesperanza del miedo.
Para entrar ilegalmente a Estados Unidos,
los haitianos suelen hacer un viaje de dos
fases. Primero, toman un bote a las
Bahamas, y luego otro a Florida. En los
primeros cinco meses de este año, la
Guardia Costera de EE UU ha recogido
más de 883 haitianos, casi el doble de los
capturados en todo el año 1999.
El 22 de abril, la Guardia Costera rescató
a 200 haitianos luego de que su bote
encallara cerca de Harbor Island, en las
Bahamas. Tres días después, 123
haitianos fueron rescatados de un barco
que zozobró costa afuera de la isla Gran
Inagua. Tres días después de esto, 278
haitianos fueron localizados por las
autoridades de las Bahamas en una playa
de Flamingo Cay, donde habían
permanecido por una semana tras el
hundimiento de su bote. Cuando los
equipos de rescate llegaron al lugar, 14
personas habían muerto por
deshidratación. Otras 18 perecieron en la
travesía.
Estas aterradoras historias no disuadieron
a David, nuestro guía y traductor, de
emprender la travesía. Durante los último
seis meses, los haitianos han huido de su
país en cantidades nunca vistas desde
1994, cuando un golpe militar intentó
derrocar a Jean-Bertrand Aristide,
presidente para la época. Los niveles de
pobreza en Haití, que siempre han sido
alarmantes, se han disparado en los
últimos años a niveles aún mayores. Hoy,
casi 80 por ciento de los haitianos viven en
condiciones abyectas. Menos de uno por
cada 50 tienen empleos estables; el
ingreso per cápita se ubica alrededor de
250 dólares.
Los haitianos una vez creyeron que
Aristide cambiaría las cosas, pero ya no
está en el poder y los interminables
retrasos de las elecciones, los asesinatos
políticos y la escalada de la violencia y la
corrupción han gestado un sentimiento
palpable de desesperanza. En febrero, el
Departamento de Estado dio a conocer
los resultados de una encuesta realizada en
nueve ciudades haitianas. Sobre la base
del estudio, dos tercios de los haitianos,
aproximadamente 4,69 millones de
personas, abandonarían Haití si se les
dieran los medios y la oportunidad. No
obstante, la mayoría tendría que hacerlo
ilegalmente. Cada año, Estados Unidos
emite alrededor de 10.000 visas de
inmigración a ciudadanos haitianos, con lo
que satisface apenas un quinto de la
demanda.
Ron cinco estrellas
David es un líder natural. Habla inglés,
francés y creole, tiene 25 años, es alto y
fornido. Luego de vivir un año en las
calles, David se aloja junto con otras 13
personas en un rancho ubicado en una
barriada pobre.
A principios del mes pasado le mencioné a
David que, junto con el fotógrafo Chris
Anderson, deseaba realizar un viaje de
investigación sobre la inmigración ilegal de
Haití hacia Estados Unidos y le pedí que
fuera nuestro guía y traductor. Al principio
se mostró escéptico, ya que pensó que
éramos agentes secretos de la CIA tras la
pista de contrabandistas. Pero luego de
escuchar atentamente nuestros planes y
ofertas, aceptó.
A las 5:30 am del día pautado está en
nuestro hotel. Abordamos un autobús
escolar y enfilamos al norte, hacia la Isla
de la Tortuga. El autobús recorre las calles
y, aunque son las 7 de la mañana, el sol es
inclemente. Al mediodía pasamos a una
camioneta pickup. Cinco horas más tarde,
la carretera termina en el pueblo astillero
de Port-de-Paix, donde abordamos un
ruinoso ferry y partimos hacia La Tortuga.
David nos explica que allí verdaderamente
comienza nuestra travesía hacia EE UU.
En La Tortuga no hay calles, teléfonos,
agua potable ni electricidad. El transporte
se realiza estrictamente a pie, por
senderos flanqueados de cactus. Por uno
de estos caminos llegamos a La Vallee. En
la playa vemos al menos 17 botes en
construcción. Parecen esqueletos de
ballenas encalladas.
El primer paso para abordar uno de estos
botes en La Tortuga es obtener el
respaldo de uno de los funcionarios
locales. Arreglamos una cita. David lleva
una botella de ron cinco estrellas y nos
encaminamos a la casa del funcionario. La
reunión es tensa. David, Chris y yo
esperamos, junto con 12 personas más, en
el porche de la casa del funcionario. El
funcionario se presenta como el señor
Evon.
Esa misma tarde, varios de los hombres
presentes en la reunión vienen a visitarnos.
Su objetivo es el "vit ron". Así llaman los
locales al proceso de reclutar pasajeros.
David escoge a Stephen Bellot, un hombre
de apariencia amistosa, quien dice saber
de un bote que zarpará en unos días.
Trabajó durante varios años en
Port-au-Prince como profesor de química
e inglés, con un salario de 35 dólares
mensuales. Regresó a La Tortuga hace
seis meses, para abordar un bote con
destino a EE UU. Stephen nos informa
que ya arregló, para el día siguiente, una
reunión con el dueño de un bote.
Esperamos 11 horas en la casa de
Stephen. El capitán llega con la puesta del
sol, vestido con las mejores ropas que he
visto durante toda mi estadía en Haití.
Gilbert Marko, de 31 años, tiene los ojos
opacos y la cabeza extrañamente redonda.
David y Stephen toman la palabra y
expresan su total respaldo a nuestro
proyecto. Gilbert parece estar
convencido. Nos explica que su bote es
nuevo, que habrá mucha agua y comida y
no más de 25 pasajeros. El cruce tomará
cuatro días, si el viento es bueno. Si no,
ocho días. El bote no tiene motor.
Según Gilbert, el segmento final del viaje
(un recorrido de 90 minutos en un bote
con motor, desde las Islas Bimini,
Bahamas, hasta Broward Beach, Florida)
cuesta aproximadamente 3.000 dólares
por persona.
Finalmente, llega el momento de hablar de
dinero. El precio más común por un viaje
ilegal a las Bahamas es de 10.000 gurdos
(aproximadamente 530 dólares). Un
porcentaje significativo de los ingresos de
Gilbert va directamente a los funcionarios
locales.
Luego de varias horas de negociaciones,
Gilbert acepta transportarnos a Chris y a
mí por 1.200 dólares cada uno, y a David
y Stephen por 300 dólares cada uno.
"In God we trust"
El bote de Gilbert, "Believe in God", está
anclado en La Vallee. Si le pidiéramos a
un niño de segundo grado que dibujara un
bote, el resultado se parecería mucho a la
estampa del Believe in God. No tiene
mapas, salvavidas, balsas de rescate,
instrumentos náuticos, ni siquiera una
brújula antigua. La bodega es la única área
que protegerá a los pasajeros de los
elementos naturales. El bote, que se
construyó en tres semanas, no tiene ni un
sólo detalle dedicado a la comodidad.
Antes de ir a comprar algunas provisiones,
Gilbert nos anuncia que partiremos dentro
de tres o cuatro horas. Pero el tiempo en
Haití es un concepto extraordinariamente
flexible, de modo que pasan ocho horas
sin que veamos signo alguno de la
tripulación.
Después de 30 horas de espera, David
teme que hayamos sido estafados. Pero
afortunadamente se equivoca: Gilbert y su
tripulación aparecen al caer la noche en un
ferry que amarra al lado del Believe in
God. Han traído a otros 30 haitianos,
cada uno con su pequeña bolsa de enseres
personales. En sus rostros se lee una
mezcla de preocupación, confusión y
emoción. Nuestras provisiones para el
viaje: un saco de 100 libras de harina, dos
tambores de agua de 55 galones, cuatro
racimos de plátanos, un saco de carbón y
un asador en su caja.
Los pasajeros son transferidos del ferry al
Believe in God y Gilbert envía a todos,
excepto a la tripulación, a la bodega. Nos
empujamos tratando de marcar pequeños
lotes de territorio. Por la escotilla,
observamos cómo Gilbert le entrega a
cada uno de los miembros de su
tripulación un sobre con dinero. Todos se
muestran insatisfechos y se inicia una
discusión que se prolonga hasta el
amanecer.
Abajo, en la bodega, los cuerpos se
apretujan unos contra otros y la frustración
asciende. Cuando la tripulación finalmente
acepta que no habrá más dinero, los
hombres exigen puestos en el bote para
sus familiares. El capitán acepta y poco
después hay 46 personas a bordo. Las
horas pasan y en la bodega apenas hay
espacio para sentarse. Las personas se
calman. El sol monta su arco y el calor que
sale por la escotilla enturbia el cielo.
Alguien pasa un recipiente con agua, pero
sólo podemos tomar un poco. Cuesta
respirar. En estos viajes ha habido
asesinatos, suicidios y muertes por asfixia.
Ahora entiendo por qué. "Llegamos a este
país en botes de esclavos y vamos a salir
de él de la misma forma", sentencia David.
Han pasado 10 horas y el bote aún no se
mueve. Gilbert se apersona en la bodega.
Agita algunas banderas, canta y esparce
agua y perfume sobre nosotros. David nos
explica que son cánticos vudú. Luego,
Gilbert sube a la cubierta y da una voz de
mando. El Believe in God finalmente
zarpa: 600 millas de océano abierto
separan a los países pobres de los ricos en
el Hemisferio Occidental. Es una extensión
de agua alevosa. La posición de las islas
del Caribe en relación con la corriente del
Golfo crea el llamado efecto Venturi, un
movimiento en túnel que puede generar
una rápida acumulación de vientos y olas.
Para un bote sin mapas náuticos, el área
es un campo minado de torbellinos,
bancos de arena y arrecifes.
Al principio, las olas son modestas. Sin
embargo, la sensación en la bodega es de
total inestabilidad. Dado que la bodega
está bajo la superficie del agua, todos los
ruidos de afuera nos llegan distorsionados,
como los sonidos de la digestión. Me
imaginó que Jonás escuchó cosas
semejantes cuando quedó atrapado en el
vientre de la ballena. El calor se ha
convertido en un objeto, un peso, algo
sólido y pesado que se ha posado sobre
nosotros. El aire no circula. La sed es un
dilema constante. A veces, el deseo de
beber algo nubla todas las demás
nociones.
Según las reglas establecidas por el
capitán, ocho personas pueden
permanecer en la cubierta en cada turno;
el resto se queda en la bodega. Seis de los
puestos están reservados para Gilbert y su
tripulación. Los otros dos se rotan en
turnos de 20 minutos. Esto significa que
cada persona puede salir a cubierta una
vez cada seis horas. De los 46 pasajeros,
cinco son mujeres. Están muy juntas en la
parte más baja de la bodega, apenas
visibles como siluetas. Cuando el bote se
estremece, las mujeres se crispan, se
toman por el cabello, pero parece que
jamás hablan.
La persona más vieja entre los pasajeros
es Desimeme, de 40 años, y la más joven
es Kenton, de 13 años. La edad promedio
está alrededor de 25 años. Al contrario
que los emigrantes de principios de los 90,
en su mayoría familias y campesinos, la
mayoría de los haitianos que escapan de
su país son hombres jóvenes y urbanos.
La razón de este cambio es
probablemente de naturaleza económica.
Durante los últimos años, según los locales
de La Tortuga, el precio del viaje ha
subido significativamente. Las mujeres y
los campesinos son dos de los grupos
peor pagados de Haití.
Agwe, espíritu del mar
Dos horas después de la partida,
comienzan los mareos. Hay conmoción en
la parte trasera de la bodega y las
personas comienzan a gritar. Un balde de
color amarillo comienza a circular entre los
pasajeros, Docenas de pares de manos se
extienden para alcanzarlo. El balde
amarillo también nos sirve como baño, una
humillación inevitable que cada uno de
nosotros tiene que padecer. No todos
pueden esperar a que el balde llegue, y al
pasarlo de manos en un mar picado, el
contenido se esparce y se mezcla con el
agua que nos llega a los tobillos en el
fondo de la bodega. El hedor es
agobiante.
Aunque este no parece ser el momento
apropiado para comer, la cena está
servida. La cocina del bote, en la cubierta,
es un viejo ring de automóvil relleno con
carbón. También hay una enorme lata de
aluminio. La comida consiste en bolas de
masa hervidas y caldo, o mejor dicho,
cuatro bolas de masa en agua hervida. Las
raciones pasan de mano en mano. Cuando
se terminan las bolas de masa, Hanson,
uno de los miembros de la tripulación,
baja a la bodega con la especialidad de La
Tortuga: maní triturado con azúcar. Saca
una cuchara de su bolsillo, la hunde en la
bolsa y le pasa una cucharada al hombre
que tiene más cerca, como quien
administra una medicina. Se abre paso en
la bodega y le da una cucharada de su
especialidad a cada persona. Todos
aprecian su generosidad, pero el postre no
logra asentar el estómago de sus
comensales. El balde amarillo reaparece
con urgencia.
Las horas siguen pasando. No hay nada
que hacer, ningún tipo de distracción. El
bote oscila, el sol brilla, el calor aprieta.
Las personas están enfermas, silentes, los
ojos se cierran gradualmente. Todo el
mundo parece ensimismado, como en las
primeras fases de un shock. Cabeceos,
puños que se abren y se cierran. La sed es
como una soga que aprieta la garganta. Se
escucha el pánico silente del terror más
profundo.
Poco antes del alba, cuando hemos estado
en el mar casi 12 horas, subo por segunda
vez a la cubierta. No se ve nada a nuestro
alrededor, excepto agua. El cielo de
occidente comienza a enrojecer y nuestras
sombras se estiran al máximo. Gilbert está
en la proa, contemplando el horizonte. De
pronto, su rostro se crispa de
preocupación y grita: "¡Hamilton!". Todos
se paralizan en la cubierta. Grita
nuevamente y apunta hacia la distancia: un
navío con apariencia militar se acerca. De
inmediato me envían a la bodega.
Stephen nos explica que la palabra
Hamilton, del slang haitiano, quiere decir
barco de la Guardia Costera. Todos en la
bodega se acumulan en la parte trasera,
alejándose de la entrada. Gilbert
desciende a la bodega con dos miembros
de la tripulación. Abre la puerta de su
camerino, entra y comienza a cantar en un
tono lúgubre y desafiante. El cántico es un
homenaje a Agwe, el espíritu vudú del
mar, y cuando Gilbert sale a la cubierta,
varias personas se unen al canto. Es un
himno sagrado sin gozo, una señal
desesperada de unidad. Se escuchan
voces hablando en francés. Seis personas
a bordo de una balsa con motor suben al
bote, con chalecos marcados con la siglas
de la Guardia Costera.
-¿Hacia dónde se dirigen?
-A Miami.
-¿Tienen documentos de desembarque?
-No -¿Qué transportan?
-Arroz -¿Podemos abordar?
-No Nada más: el sonido de la balsa se
aleja. Como precaución, nadie más podrá
volver a la cubierta por el resto del viaje.
Hay una exhalación general, como si nos
hubiesen golpeado en el estómago. Hemos
estado 14 horas en el mar.
"Ahora hay democracia"
Al cabo de 12 horas más, se escucha
nuevamente el sonido de la balsa con
motor. Esta vez son dos. No hay diálogo
esta vez, sólo el crujir de las botas en la
cubierta. De pronto, luces de linternas
violan la bodega. La luz nos ciega: 18
horas después de zarpar, el viaje ha
terminado.
En grupos de seis abordamos botes de
caucho y somos transportados al
guardacostas Forward de la Guardia
Costera, un barco de 270 pies de largo y
nueve pisos de alto. Son las 4 de la
madrugada. Nadie se resiste. Las
autoridades nos ponen en cuarentena en el
hangar de un helicóptero. A los
funcionarios de la Guardia les sorprende
hallar periodistas a bordo, pero somos
procesados como los demás haitianos.
Pasamos dos días en el Forward. El 16 de
mayo, desembarcamos en Great Inagua
Island y somos entregados a las
autoridades de las Bahamas. Chris y yo
somos liberados, mientras que los
haitianos son alojados en un centro de
detención. Al día siguiente, son llevados a
Nassau y encerrados en otro centro,
donde son entrevistados por un
representante del Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Refugiados.
Nadie cumple con los requisitos para
ampararse bajo el estatus de refugiado.
El 30 de mayo, los 44 haitianos son
trasladados desde Nassau a
Port-au-Prince. No reciben castigo alguno
de las autoridades haitianas.
El ejército de Estados Unidos ayudó a
restituirle la presidencia a Aristide y luego
se desvaneció. Ahora, como hay
democracia en Haití, Estados Unidos tiene
una excusa sencilla para rechazar las
demandas de los ciudadanos haitianos:
éstos emigran por razones económicas, no
políticas. Para los haitianos que logran
entrar ilegalmente a EE UU -entre 6.000 y
12.000 cada año, aproximadamente-, es
mucho mejor insertarse en el tejido de la
comunidad haitiano-estadounidense que
solicitar asilo.
En 1999, resultaron rechazadas 92 por
ciento de las solicitudes de asilo de
haitianos. La inmigración ilegal se ha
mantenido por décadas. No es difícil
imaginar que miles de cuerpos de
ciudadanos haitianos reposan en el lecho
del Mar Caribe.
Versión: Violeta Linares
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